martes, 20 de enero de 2015

El aroma a pino del limpiador del baño, el olor del dinero y los perfumes: Todos fabricados en un solo (y misterioso) lugar.

Cada vez que por tu cumpleaños o en Navidad te hacen regalos, hay uno que no suele faltar. Nos referimos al perfume, aquel frasco grande o pequeño cuya publicidad inunda la televisión en época navideña y que a más de uno habrá sacado alguna vez de un apuro.

Sin embargo, regalar una colonia a nuestra hermana, madre o pareja no resulta una elección fácil, sobre todo cuando podemos encontrarnos en una misma estantería con cincuenta marcas diferentes de fragancias. No te dejes engañar: al final, muchos perfumes comparten unos cuantos aromas.

Normalmente, los ingredientes que escoge un diseñador de perfumes suelen proceder de alguna empresa dedicada a crear los toques aromáticos que tan bien quedan, después, en la etiqueta de la colonia. Un sector, el de los aromas, que se haya dominado por una firma estadounidense, International Flavor and Fragancies – más conocida como IFF -, caracterizada, además, por su alto sentido de la discreción.

La multinacional no suele dar el nombre de su lista de clientes y apenas concede visitas a sus instalaciones. Sin embargo, por primera vez, un periodista estadounidense ha conseguido adentrarse en una de las fábricas de la compañía, situada en Hazle, Nueva Jersey.

Que no te engañen las grises naves que componen la instalación. En el interior de las factorías de IFF se encuentran varias docenas de invernaderos que acogen a unas 2.000 especies de plantas. La humedad es el ambiente ideal para la gran gama de orquídeas que moran en los invernaderos, y de las cuales los científicos extraen muestras de aroma, así que en el interior se recrea el típico clima de una selva tropical.

Para obtener el olor que emana de las flores, IFF emplea la técnica de la microextracción en fase sólida, el nombre que dan los científicos a colocar una jarra alrededor de la flor y una tira de polímero dentro del cristal para absorber la fragancia. Esta herramienta no sólo ha servido a la compañía para averiguar qué componentes químicos se encuentran en el perfume de una flor, sino también para dar con el aroma de un caballo, el almizcle de un venado o incluso el olor tan característico de un fajo de billetes.

Una vez que los científicos del laboratorio han descubierto los componentes de la fragancia natural de una flor y los han preparado para su combinación con otros aromas, lo envían a los perfumistas de la compañía. Son los encargados de mezclar cada olor con otros químicos aromáticos y crear, así, las esencias que se hallarán en un perfume final, un suavizante o, por qué no, el limpiador de nuestro baño.

Los olores creados por los perfumistas de las fábricas no sólo tienen que ser agradables para el olfato, sino que también deben despertar emociones en los consumidores. Para ello, equipos de voluntarios huelen los aromas para rellenar, posteriormente, un formulario con preguntas acerca del tipo de sensaciones que experimentan, como pueden ser irritación, optimismo, bienestar o excitación sexual.

Los perfumistas también deben tener en cuenta las fragancias que están de moda para adelantarse siempre a la competencia. De ahí que sea común encontrarse con un grupo de trabajadores paseando por tiendas y restaurantes, capturando nuevos olores que a la gente les suelan gustar.

Como no podía ser de otra forma, se toman muy en serio la revisión. En otras zonas de la fábrica, existen lavabos para probar los productos de cuidado personal, habitaciones para comprobar el olor que deja un nuevo ambientador, lavadoras para evaluar la fragancia que desprende en la ropa un suavizante, tendederos para el aroma de un detergente o incluso váteres para el aroma de un limpiador.

Una vez que se da el visto bueno a la fragancia, se envía al cliente o a los pasillos de un supermercado. Todo un ritual que se repite indefinidamente en unos cuantos metros cuadrados muy poco conocidos hasta ahora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario